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Actitud hacia la ciencia y libertad: una hipótesis sobre la influencia de la imagen de la ciencia en el voto
Se habla de que la ciencia está perdiendo autoridad cultural. La Unidad de Investigación CTS (Ciencia. Tecnología y Sociedad) de la Subdirección General de Relaciones Institucionales y Transferencia del Conocimiento del CIEMAT ha puesto en marcha una campaña de publicidad en Facebook para analizar la imagen de la ciencia de la población. El anuncio de Facebook, indudablemente, está generando comentarios. Una parte nada desdeñable de ellos son negativos y se pueden organizar en torno a dos temas centrales: la ciencia está manipulada; si es una iniciativa del Gobierno, no puede traer nada bueno. Hay otras cuestiones que es preciso tener en cuenta.
Desde el informe de Vanevar Bush "Science, the endless frontier", publicado en 1945, hay poca duda de la estrecha relación entre ciencia y política. El capítulo publicado por Harvey Brooks en 1964 en el libro de Robert Gilpin y Christopher Wright, titulado "Scientists and national policy-making" estableció la doble relación entre ciencia y política: la política científica (policy for science) versa sobre qué ciencia se hace, cómo se hace y quién la financia; la ciencia para la política (science for policy) trata sobre el uso del conocimiento para facilitar o mejorar la toma de decisiones. Esta segunda faceta de la relación entre ciencia y política se ha situado en el centro de la realidad social con motivo de la pandemia de covid-19. En este contexto, en el artículo publicado en The Conversation se plantea una hipótesis novedosa: hay distintos tipos de ciencia que generan distintas actitudes en la población: la ciencia como fuente de conocimiento cuenta con un amplio apoyo social; la ciencia "industrial" recibe un apoyo variable en función de la aplicación y la utilidad percibida; la ciencia al servicio de la política, en cambio, genera preocupación e incluso rechazo, contagiada del descrédito de la política. Y es que esta está dejando de ser vista como una herramienta centrada en resolver los problemas de convivencia, para pasar a ser percibida como un problema social. La politización, instrumentalización y comercialización de la ciencia están influyendo en su imagen social y en la actitud de la población hacia ella.
La teoría política parte de la hipótesis de que la decisión de los y las votantes está motivada por sus opiniones y necesidades. Las opiniones se han vinculado con el posicionamiento ideológico, que se sigue utilizando como variable explicativa de los resultados electorales. Sin embargo, el voto parece estar más cada vez más determinado por las necesidades, estrechamente vinculadas a las emociones. Y es que las emociones son fundamentales para la toma de decisiones.
No hay duda de que la democracia está siendo amenazada por los populismos que, como resultado de la interacción entre ciencia y política, se están haciendo fuertes negando, entre otras cosas, no solo hechos científicos concretos, sino la propia relevancia que tienen estos hechos para una mejor toma de decisiones políticas. Son regímenes que tienden hacia el autoritarismo y se ven validados por el sufragio universal. En relación con la gestión de la pandemia, se han caracterizado por apelar a los asesores cuando les ha interesado, para ningunearlos por la misma razón. Por no hablar de la reacción contra las vacunas. Lamentablemente, parece que esa estrategia les da buenos resultados.
Porque nuestro sistema cognitivo es más sensible a los cambios que a los estados, da más importancia a las probabilidades bajas y, sobre todo, es más sensible a las pérdidas que a las ganancias, de tal manera que en el cerebro de los humanos y de otros animales hay un mecanismo diseñado para dar prioridad a los eventos malos. Reduciendo al mínimo el tiempo para detectar la presencia de un depredador, este circuito mejora las probabilidades de supervivencia. Por eso, las impresiones y los estereotipos malos se forman con más rapidez y son más resistentes a las refutaciones que los buenos. Además, las personas rehuimos asumir riesgos cuando las ganancias están aseguradas, pero los buscamos cuando es la pérdida la que resulta inevitable. Las medidas para gestionar la pandemia de covid-19, necesariamente restrictivas, implican asumir importantes pérdidas. Una vez superado el shock inicial, están generando cada vez más descontento social y reacciones de protesta globales, ya que implican cambiar nuestro estilo de vida. Y cambiarlo se percibe como una pérdida. Nuestra hipótesis es que la imposibilidad de asumir la pérdida de nuestro estilo de vida en un contexto de polarización política ha generado rechazo hacia la ciencia al servicio de la política y, en consecuencia, hacia quienes se han apoyado en las recomendaciones de los y las expertas para gestionar la pandemia.
El Gobierno central ha apelado desde el inicio de la crisis a la necesidad de seguir las recomendaciones de la ciencia para gestionar la pandemia. La Presidenta de la Comunidad de Madrid, no solo no ha hecho referencia a la ciencia, sino que más bien ha defendido la necesidad de actuar atendiendo a otras consideraciones. En las elecciones de la Comunidad de Madrid, la candidata Díaz Ayuso basó su campaña en la idea de libertad. De hecho, en el discurso institucional del 2 de mayo, tres días antes de las elecciones, afirmó que "todos seguimos defendiendo las mismas causas que en 1808: España y la libertad". Y le dio resultado. Según la encuesta post-electoral elaborada por el Centro de Investigaciones Sociológicas, el 40% de los encuestados decidió su voto en función del cabeza de cartel de cada partido y el 19,2% eligió la papeleta por la posición que mantenía ese político ante la crisis sanitaria. Creemos que ambas cuestiones son, en realidad, lo mismo y resultado de que muchos votantes han identificado las recomendaciones de los expertos con la pérdida de libertad. Una vez hecha la asociación, habrían decidido apostar de manera decidida por quien les ofrece la posibilidad de asumir el riesgo que su sistema cognitivo asocia con la necesaria evitación de la pérdida.
La búsqueda de soluciones para acercar la ciencia a la sociedad presenta una imagen de ella simplificada al máximo, en principio, para hacerla más «cómoda» para los ciudadanos. Detrás de este planteamiento se esconde el rechazado, pero siempre presente, modelo del déficit, es decir, una visión paternalista de los ciudadanos en su interacción con la ciencia. No obstante, los elementos que mejor definen cómo se ve la ciencia son los que se asocian con una visión realista de ella, es decir, con una actitud crítica y, por tanto, comprometida. Para conseguir una relación fluida entre ciencia y sociedad es fundamental conocer cómo se relaciona el resto de la sociedad con ella, pero hay también que tener en cuenta su influencia en cuestiones no relacionadas directamente con la ciencia. Una sociedad científicamente culta puede ser, en muchos sentidos, más incómoda, porque tendrá la capacidad de oponerse a aquellos desarrollos científicos y tecnológicos que puedan dar lugar a una visión del mundo que vaya en contra de lo que la ciudadanía considera importante y deseable. Sin embargo, con una sociedad así estaríamos más cerca de conseguir la mejor ciencia posible para todos. Teniendo en cuenta la hipótesis que aquí se plantea, también podría contribuir a frenar el auge de los populismos.
